Cierro los ojos, suspirando con antelación.
No las dejaré derramarse, no de nuevo.
Muerdo mi labio y aprieto los puños.
Las llagas en mis muñecas arden y son,
en cierta forma, las heridas que menos duelen.
Sorbo la nariz, dejando escapar un leve sollozo.
Sin darme opción lo hacen, se derraman.
Recorren a través de mis mejillas,
caen desde mi barbilla,
rozan mi clavícula
y acaban en el cuello de mi blusa, humedeciéndola.
¿Qué más puedo hacer?
Me has dejado anhelando volver a rozar tus labios,
tocar tus manos, oír tu voz, darte todo de mí
en una extraña mezcla de ternura y rebeldía.
Y es que, eras tú quien me hacía creer en la humanidad,
con tu loca cordura me lograbas convencer de todo,
de que dos y dos son cinco, de que el cielo es magenta,
de que los perros maúllan y los cerdos vuelan.
Gritos susurrados en voz alta
miércoles, 13 de mayo de 2015
viernes, 27 de febrero de 2015
Incluso más allá de la muerte.
Resoplas una, dos, tres veces. Miras el reloj de tu pequeña muñeca con fingida impaciencia. ¿A quién quieres engañar actuando de esa forma tan estúpida? No sabes usar ese pequeño aparatito, ni tan siquiera logras distinguir los números de este sin tus enormes lentes, esos mismos que hoy remplazaste por lentes de contacto.
Muerdes tu labio inferior y corres un rebelde mechón de cabello detrás de tu oreja antes de suspirar.
Descruzas suavemente las piernas y alisas la falda escolar para que no se vea nada indebido. Has venido de volada, no te ha dado tiempo ni siquiera para ir a tu casa a cambiar tu uniforme. Apenas tocaron el bendito (o maldito, depende de cuando lo pienses) timbre de salida, tú tomaste tu bolso y huiste de la secundaria sin esperar a nadie.
Tu estómago ruge exigiendo por comida. No has almorzado. Miras tu reloj nuevamente y molesta por no lograr descifrar si apunta al tres o a algún extraño número egipcio, sacas tu celular. Pudiste haberlo hecho desde un principio, pero pensaste que si él te veía con el reloj que te regaló la última vez que se vieron, se sentiría en extremo feliz.
15:43 marca la pantalla de tu móvil última tecnología que, como el reloj, no sabes usar bien.
Bufas rendida, te ha dejado plantada otra vez.
Tomas tu morral con una mano y lo cuelgas sobre tu hombro para luego dirigirte a la caja a comprar algo. El viaje en bus no será en vano, no señor. Por último, disfrutarás de la nueva oferta de hamburguesa que salió hace tan solo unas semanas, esa que tanto ansiabas comer.
Llega tu turno de ordenar. Pides una triple hamburguesa con queso y lechuga, una bebida Coca-Cola y una enorme ración de patatas fritas, aceptas agrandar tu orden. El empleado sonríe al terminar tu orden y desea que la disfrutes, sonríes de vuelta y agradeces con la cabeza, sabes que es simple protocolo, cortesía, pero no por eso dejarás de lado tus buenos modales.
Vuelves a la mesa en la que estabas antes, esa que gracias a Dios, Buda, Zeus, o quien sea, no fue ocupada el tiempo que no estuviste en ella. Te sientas y colocas tu morral de nueva cuenta sobre tu regazo, dejando la bandeja en la mesa.
Tus amigas estarían horrorizadas, que una sola comida contenga tantas calorías, es impensable, inaudito, indecoro y demás. O así lo ven ellas, porque, seamos nos sinceras, eso a ti no te importa en lo más mínimo, no, tú disfrutarás de tu enorme cantidad de deliciosas calorías, aún que sea lo último que comas.
Una mano aparece por detrás de ti y tú no lo notas. Muy tarde. No reaccionaste a tiempo y alguien ha robado y bebido de tu vaso de Coca-Cola. Volteas para poder despotricarle en el rostro unas cuantas verdades al sujeto que se atrevió a tal barbaridad. Tu Coca-Cola es sagrada. Sa. Gra. Da.
Cuando ves el rostro del idiota que osó tocar tu tan preciada bebida, sonríes, sonríes como lo hiciste cuando te pidió quedar en el McDonald, sonríes como sólo puedes hacerlo cuando estás con él.
Chillas un agudísimo e infantil “Hermano” y te lanzas a abrazarlo por sobre los hombros, sin importar que esté la silla de por medio. Él te sostiene y devuelve el abrazo, riendo entre dientes tu expresividad. Él también deseaba abrazarte, quizás más de lo que lo hacías con él, pero no lo deja notar tan fácilmente como lo haces tú.
Lo dejas de abrazar y recuerdas que robó tu bebida. Le insultas de varias formas, incluso en varios idiomas, hasta inventas uno que otro idioma solo para insultarlo, y recuperas tu bebida. Él sólo sigue riendo.
Se sienta frente a ti y hace notar la cantidad de calorías que tiene tu pequeño almuerzo para uno que, irremediablemente, se ha vuelto un pequeñísimo almuerzo para dos. Le ofreces varías veces comprarle algo pero él se niega y come de tus patatas fritas.
Insistes y él se vuelve a negar.
Tercamente te levantas para comprarle algo antes de que él devore tu amada comida pero él te detiene. Te sostiene de la mano y niega con la cabeza. Deja de comer tus papas y se disculpa por el retraso.
Comes entre risas y vuelven a casa juntos. Al llegar a casa él te deja en la puerta y se despide con un beso en la mejilla y un “Visítame pronto. Y lleva girasoles. Los que me llevaste la última vez se marchitaron”.
Entras a casa y ves a tu madre llorando nuevamente. Sonríes cansinamente.
Te acercas y la abrazas. Intentas animarla con alguna palabra de consuelo pero tus cuerdas vocales se niegan a emitir sonido alguno.
Besas en la frente a tu madre aguantando las ganas de llorar mientras la aprietas contra tu pecho. Hoy tuviste una tarde increíble que sabes no fue real. Esa persona con la que compartiste patatas fritas hoy, ya no respira. No al menos por necesidad de oxígeno. Siempre supiste que velaría por ti siempre, y ahora sabes que siempre, es incluso después de muerto.
En el suelo hay una fotografía con el cristal hecho trizas. Salen dos adolescentes, una chica y un chico, él sonriendo de lado y ella con un mohín de fingida molestia. En una de las esquinas hay una inscripción, escrita con fina ortografía. Bajo ella, hay una respuesta con temblorosa letra y tinta corrida.
"Siempre te cuidaré, hermanita."
"Más te vale, hermano."
"Más te vale, hermano."
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